La concepción del pasado nacional

No siempre fueron idénticas las posiciones manifiestas de Juan Domingo Perón sobre el pasado histórico argentino. Pueden advertirse diferentes posturas en los inicios de su carrera política, durante su primer gobierno, y luego, tras el derrocamiento de 1955. En alguna medida, el revisionismo histórico terminó influyendo en el peronismo y viceversa.

Según Norberto Galasso, Perón no poseía una influencia ajena al liberalismo mitrista. En una carta suya, cuando ya tenía casi treinta años, hizo una referencia al tema reclamando una reivindicación nacional. La realizó sin basarse en el revisionismo histórico. En esa misma línea profundiza: “Era una influencia que en esa época se recibía en las escuelas primarias, secundarias y en las universidades. Toda esa formación educacional gravitó en el joven Perón”.

Galasso remarca que, en aquellos años, “Mitre consideraba a San Martín como el ‘Padre de la Patria’ y logró instalar esa concepción en la sociedad”. Por este motivo, cuando Perón era capitán, comenzó a tener una gran inquietud por la campaña libertadora sanmartiniana. Incluso, en un boletín que publicaba el Ejército, precisa cómo el Libertador de América forma las bases de su ejército y lo estudia con dedicación”.

“Perón hace una exaltación muy importante de San Martín que, posteriormente, se reitera –en 1950– cuando, durante su mandato, lo declara el año del libertador. Firma un decreto presidencial, hace imprimir estampillas y se realizan varios actos oficiales para reivindicarlo como militar emancipacionista”, ejemplifica Galasso.

Según el revisionista,  el fundador del Justicialismo hizo su educación primaria y secundaria en un colegio privado, en Olivos, época en la cual se recibía en las aulas la orientación liberal. “No existía otra concepción que la historia liberal de Mitre, que sostiene, entre otro postulados básicos,  el esquema de “civilización o barbarie” de Sarmiento”, precisa.

Además, considera que esto se debe a que el primer revisionismo histórico –que se realizó en los años 30– cuando él era capitán, no surge como una política impuesta desde el gobierno, sino que nace en un pequeño círculo que difunde una revista sobre la temática histórica nacional, pero no logra mucha difusión. En cambio, José María Rosa –ya en los comienzos de la década del 50– publica varios libros sobre la historia argentina. “A mi entender -indica el investigador- Perón simpatizaba con esta corriente”.

En tanto, para Rubén Martínez, Perón tenía una amplia formación intelectual y una tendencia nacionalista que, si bien no manifiesta claramente en las dos primeras presidencias, sí la adopta desde el exilio luego de la Revolución Libertadora.

“Hay que recordar que la formación intelectual de los oficiales  del Ejército era, en aquellos años, muy superior a la que sobrevino a partir de que la institución se convirtiera en servidora de la doctrina de la Seguridad Nacional”, argumenta el investigador al destacar que Perón  vinculaba conceptos castrenses, históricos, culturales y políticos en sus clases de Historia Militar.

De acuerdo a las investigaciones del profesor de la Universidad Nacional de la Matanza, en el comienzo vertiginoso de su carrera política, Perón mantuvo una relación distante con el revisionismo. Pero, en su segundo mandato, comienza su aproximación a la corriente nacionalista, aún cuando no todos dentro del Peronismo adherían a la misma.

“Entre los procedentes del anarquismo y el socialismo se detectaba una visión del pasado más afín con enfoques liberales o clasistas. Además, el conductor siempre intuyó en el nacionalismo de la década del 30 una veta aristocrática, antipopular y elitista, calificando a sus personajes en diversas oportunidades como “piantavotos””, explica Martinez.

Conforme a las indagaciones del docente de la UNLaM, Perón sostuvo en un célebre discurso que “en el país no se daba una lucha entre la Libertad y la tiranía, sino que lo que se encontraba en juego era un “partido de campeonato” entre la justicia social y la injusticia imperante. La disyuntiva no era Rosas o Urquiza sino Braden o Perón”.

Cuando el peronismo llegó al gobierno continuaron los debates históricos y el epicentro de la polémica se instaló en el Congreso de la Nación. La oposición abrazó la tradicional versión liberal mitrista y una minoría de legisladores peronistas mantuvieron posiciones revisionistas rosistas. Perón –comenta Martínez– decía tener suficiente cantidad de problemas con los vivos como para sumar los problemas de los muertos. Pero, al nombrar las líneas ferroviarias nacionalizadas recurrió al panteón liberal”.

“Hacia 1950 –agrega Martínez– en el instituto rosista, se agudizó una severa división. Julio Irazusta encabezaba la fracción antiperonista y José María Rosa conducía el sector oficialista que decidió lanzar una fuerte campaña de divulgación revisionista. Entonces, Perón prefirió identificarse con el general San Martin, una de las pocas figuras que contaban con la adhesión unánime de los argentinos”.

La situación varió después del derrocamiento de 1955. Los simpatizantes del golpe de estado se sintieron continuadores de la línea Mayo-Caseros y  calificaron al gobierno peronista como la Segunda Tiranía. El mismo Perón, desde el exilio,  adoptó definiciones claramente revisionistas siguiendo la concepción histórica de José María Rosa.

Fuente: Lic. Roxana Raquel Salguero – Agencia  CTyS – Revista Avances.