Esas paredes que hablan: Muralismo en Argentina

Por Lara Pellegrini. Licenciada en Comunicación Social

 

Todo comenzó en México. Un grupo de artistas e intelectuales comenzaron a buscar una manera de contar lo que había quedado del régimen dictatorial de Porfirio Díaz y los nuevos aires de la Revolución Mexicana. El mensaje debía ser comprensible para cualquiera, especialmente para quienes que no sabían leer y escribir. El recurso debía ser llamativo, colorido quizá o tan grande que sea imposible evadir la mirada. También era necesario que la pieza sea de acceso público, sin aranceles que la limiten; y además, que se despliegue bajo un código universalista y popular. Dibujos a gran escala en la vía pública fue la respuesta. Corrían las primeras décadas del siglo XX y Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco daban vida a un movimiento artístico que conformaría luego una gran parte de la cultura popular mexicana y latinoamericana: el muralismo.

Gisel Estefanía Rosso es muralista. Desde chica -cuenta- que le gustan “las paredes”. Tiene 27 años y nació en Salta pero actualmente está radicada en Reconquista (Santa Fe). Es además delegada en la provincia del Movimiento Internacional de Muralistas Ítalo Grassi, un espacio de encuentro y reflexión en torno a la técnica gestado en Argentina en 1971 y que tiene alcance internacional. “El muralismo fue evolucionando tanto en Argentina, que hoy me animo a decir que es más fuerte que en México”, asegura Gisel y lo asocia a la fuerte presencia de la cultura estadounidense en la sociedad mexicana, la preponderancia de la técnica de grafiti y la prohibición actual de la práctica muralista.

Es que en Argentina el género también encontró un territorio donde expandirse. Si bien las historias se cruzan y es difícil situar un hecho particular de gestación, la visita del exponente mexicano David Adolfo Siqueiros al país fue un antecedente importante para el desarrollo de la técnica en Argentina. Exiliado de su país y buscando subsistir, Siqueiros llegó al Río de la Plata en 1932. Quizá jamás pensó que terminaría pintando un mural en la opulenta casa quinta de Natalio Botana, periodista y por entonces director del diario Crítica, en Don Torcuato (Gran Buenos Aires), pero ese fue uno de los cometidos que le deparó la Argentina. Otro, trabajar junto a grandes exponentes del arte plástico nacional del momento: Lino Enea Spilimbergo, Carlos Castagnino, Antonio Berni y el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro, quienes fueron sus asistentes durante la obra. De la mano de ellos, el movimiento cobró más fuerza en el país, siendo hoy en día una manifestación popular respetada y en pleno auge.

“El muralismo trabaja en la vía pública, donde la gente puede intervenir”, dice Gisel y rescata una de las características más interesantes que le encuentra al género: su carácter accesible. Observar una obra de arte ya no depende de la posibilidad de entrar a un museo, está en la calle al alcance de todos. No existe una mirada elitista sobre el hecho artístico, el arte se escurre de los espacios cerrados y deja atrás aquel aura sagrado que el Iluminismo supo proyectar sobre el mismo. La pintura de caballete entonces encuentra en el muralismo casi su antónimo: individual y reservada, mantiene en privado su proceso creativo. “El caballete es más solitario –dice Gisel-. Te encerrás, ponés tu música y nadie te molesta. El mural es al aire libre, con la gente que se acerca a mirar, hay interacción y por eso me gusta”.

Gisel hace años que trabaja como muralista. Ha participado de los numerosos encuentros nacionales, latinoamericanos e internacionales que realizan junto al Movimiento Ítalo Grassi y cuenta en su haber más de 50 murales desparramados por todo el país: eso incluye uno de 400 metros de largo y 10 metros de alto ubicado en la ciudad de Reconquista.  Le significó 8 meses de trabajo y se lo conoce como el mural más largo de la Argentina.

“Espero que no te lo rayen”, cuenta la joven artista que le dicen muchos vecinos mientras la encuentran pintando. “Hay murales que están intactos hace 3 años -afirma-. Pueden haber escritos a los costados pero al mural no lo tocan, ya hay un código”. Y sigue: “hay respeto hacia el muralismo porque al hacerlo público la gente te ve trabajando, al sol, con calor, te alcanzan un mate, te hacen preguntas y hasta enriquecen la obra con ideas; también los invitamos a dar alguna pincelada. La gente participa entonces lo sienten propio”.

El mural sostiene, además de una función estética, una función discursiva: denuncia, expresa ideas, cuenta historias. Las temáticas hoy en día son diversas, pero surgió como un espacio para denunciar el abuso y la opresión que sufrieron los pueblos originarios en México durante el gobierno de facto de Díaz. Este relato, de respeto por las raíces, de cuidado de la tierra y revalorización de las culturas ancestrales de América Latina, se mantiene como eje narrativo del género. Asimismo, el trabajo, la niñez, la historia de un pueblo o los derechos humanos, son otros de los tantos tópicos que se trabajan.  “Mi idea es dejar un mensaje, no trágico, un mensaje de amor, de respeto. Algo que dé aliento, que si alguien pasa por el mural y necesita un empujón, el mensaje les pueda servir”, cuenta Gisel.

 

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Imagen: sxc.hu