El error como oportunidad de aprendizaje

En la educación tradicional, el error es penalizado y, a menudo, implica para el estudiante un sentimiento de culpa y vergüenza por no haberlo hecho bien. “El error suele vivirse como un fracaso”, declara Imma Marín, autora de ¿Jugamos? Cómo el aprendizaje lúdico puede transformar la educación  y fundadora y presidenta de Marinva, “Suspender es fracasar. El error en un examen todavía se corrige en rojo, símbolo de ‘mal’ o ‘muy mal’. Repetir un trabajo porque no se hizo correctamente se vive como un castigo”.

Y, sin embargo, a menudo los grandes éxitos vienen precedidos de una serie de fracasos. Productos como el velcro o los post-its son fruto de algo que salió mal. En el mundo de las start-ups y el emprendimiento se habla de failing forward (algo así como ‘fracasar hacia delante’), en ese entorno, los intentos fallidos se consideran algo de lo que presumir.

El estudiante que no aprende a equivocarse, fracasará en la vida

“Cuando un alumno se equivoca puede ser porque no haya puesto suficiente atención, porque esté cansado, porque no ha entendido nuestra explicación… Sancionar el error es una práctica que desmotiva al alumno y también al profesor”, indica Imma Marín, a través del portal thedailyprosper.

Muchos estudiantes tienen tanto miedo a fracasar que evitan cualquier tipo de riesgo y, cuando algo les sale mal, sus niveles de ansiedad se disparan. Hace ya una década, universidades como Stanford y Harvard acuñaron el término failure deprived (faltos de fracasos) para referirse a la incapacidad de los estudiantes para gestionar nimias adversidades.

Algunas instituciones educativas han empezado a tomar cartas en el asunto, como el ‘fondo para el fracaso’ que ofrece Davidson College en el que se otorgan becas a los estudiantes que quieren desarrollar un proyecto creativo sin el imperativo de que la idea funcione, o la app Thrive de la University of Texas – Austin que ayuda a los estudiantes a gestionar disgustos y alegrías cotidianos mediante una serie de videos y citas motivacionales.

Siempre se ha dado por sentado que aprender de nuestros errores es algo natural, pero la realidad demuestra lo contrario. Padres helicóptero que gestionan las micro frustraciones de sus hijos unidos a la presión de las redes sociales dan por resultado a niños y jóvenes incapaces de asumir el fracaso como parte de la vida.

La autora de ¿Jugamos? considera que “si como alumnos no viven el error como parte del proceso de aprendizaje, la motivación disminuye y con ella su autoestima. En vez de poner ilusión para superarse, aparece el desánimo”. Es necesaria, por tanto, una redefinición de lo que significa recibir una buena educación.

“Grandes éxitos vienen precedidos de una serie de fracasos” – A fracasar se aprende

Ayudar a los alumnos a fracasar no es solo una cuestión de hacerles sentir mejor; se trata de pensar como un científico: “el error me proporciona los datos que necesito para proceder; con esos datos, puedo alterar mi ejecución y probar de nuevo”. Cuando se entiende el aprendizaje como un proceso continuo, hay espacio para el fracaso. Eso no significa que este sea el objetivo.

No debemos crear un ambiente donde equivocarse sea la opción más frecuente, sino uno en el que los estudiantes puedan progresar en el proceso de aprendizaje. El error es una oportunidad”, declara Imma. “Lo vemos en el juego. Cuando lanzas una carta y ves que tu estrategia ha sido equivocada, esperas tu oportunidad para rectificar. Si superas una pantalla y solo has ganado una estrella de tres, vuelves a intentarlo para conseguir el resto. En el juego, la equivocación provoca ganas de repetir para superarte. Esta es la clave para convertir el error en una oportunidad”. Para la fundadora de Marinva está claro: “Se debe vivir el error con la seriedad de un juego que te da el coraje para querer repetir y superarte”.

Enseñar a equivocarse: una guía práctica

  1. Diferenciemos el conocimiento del proceso para que los estudiantes no vean el fracaso como un todo, sino como la suma de varias partes. Ayudemos al niño a separar conocimiento de rendimiento.
  2. Definir la dimensión, el impacto y la naturaleza del error. Aclarar cuál es la extensión del “fracaso”: lección, prueba, clase, proyecto… Y si puede o no subsanarse.
  3. Ayudarles a descubrir qué causó el error y, una vez identificado, celebrar ese descubrimiento como un triunfo: ¡hemos encontrado el problema!
  4. Hacer hincapié en la iteración y el progreso más que en el resultado final, mediante la creación de un ambiente de aprendizaje y crecimiento continuos.
  5. Señalar los errores. A menudo, para no herir sentimientos se quita importancia al error. Sin embargo, parte del trabajo como educadores consiste en señalarlo y conseguir que el alumno sea consciente de que necesita corregirlo.
  6. Desafiémosles. Si siempre saben la respuesta, es demasiado fácil, se acostumbran a tener razón y a saberlo todo. Necesita poder esforzarse. Hagamos un comentario controvertido, formulemos una pregunta reflexiva en la que tenga que involucrarse.
  7. Preguntemos, preguntemos, preguntemos. Una pregunta no es suficiente, sigamos cuestionándoles.
  8. Ofrezcamos opciones. A través de las equivocaciones múltiples entienden que las cosas se podrían haber hecho de forma diferente. Mostrémosles su capacidad para tomar decisiones y cambiarlas.
  9. Que prueben el éxito. Después de varias equivocaciones, es probable que hayan acertado por sí mismos, pero si no es así, ayudémosles.
  10. Motivémosles. Ofrezcamos una palmada en la espalda. Digamos “Buen trabajo”. Esas palabras procedentes de un maestro o progenitor serán una recompensa, especialmente cuando se ha pasado por la montaña rusa del fracaso y el éxito.
Imagen: supertics.com