Guillermo Magi

“El color de nuestra vida”

“Cuando habíamos aprendido las respuestas nos cambiaron las preguntas” sentenciaba un grafitti en algún paredón de una ciudad de nuestro planeta. Es decir, este resumen de sabiduría social nos está diciendo algo así como, “cuando sabías como vivir te enteraste que la vida era de otra manera”. Aquí la pregunta sería si estamos preparados para encontrarnos con una noticia de este calibre, se dice muchas veces que es preferible vivir en la ignorancia y tener por tanto una vida en la feliz credulidad que toparnos con una verdad interior que nos interpele de tal manera que nos obligue a modificar “nuestro modo de vida”.

Considero que como seres humanos incorporamos o asumimos un modo de vida, una manera de “ser humanos” que tiene que ver con “nuestra imagen” o nuestra representación del mundo. Tratamos de acortar la distancia epistemológica entre el mundo que percibimos como ideal y el modo de estar en el que tenemos y desarrollamos para ser reconocidos precisamente en ese mundo.

Construimos acuerdos en el lenguaje, conscientes o no de ello, por los cuales desarrollamos un estilo de vida que consideramos adaptado o cercano a aquella representación del mundo que encierra valores, creencias, verdades y principios; un paradigma personal que recoge el supuesto paradigma social en el cual nos movemos y desarrollamos nuestra existencia.

A menudo no percibimos la distancia que hay entre nosotros como seres que percibimos y la realidad que supuestamente percibimos. Tendemos a establecer una relación directa entre nuestra percepción y la realidad percibida, en la seguridad que esas imágenes que somos capaces de construir en nuestro interior no hacen otra cosa que reflejar con total exactitud aquella realidad que imaginamos describir.

La historia de la filosofía nos ilustra acerca de corrientes de pensamiento que han explicado por ejemplo con qué conoce el hombre. El empirismo, que floreció sobre todo en los filósofos ingleses como Looke, Berkeley y otros, sostenía que solo conocíamos a través de los sentidos. El racionalismo desde la vereda de enfrente le retrucaba descalificando los sentidos y dando primacía a la razón como el único medio posible para el conocimiento.

Lo que pocas veces nos atrevemos a preguntarnos es por el inicio, es decir, “¿conocemos?”, o antes aún, “¿qué es conocer?”. Que queremos decir cuando decimos que conocemos algo?. En nuestra existencia cotidiana decimos que conocemos por ejemplo el camino de nuestra casa hasta el trabajo, que conocemos a aquellos con los cuales vivimos, que conocemos determinado país o ciudad, … “yo conozco un lugar que te va a encantar”, decimos con frecuencia a un amigo acerca de un sitio “desconocido” para él.

Para poder establecer que queremos decir con conocer algo podemos empezar por la negación que suele ser mas sencillo, y seria especificar que juicio establecemos cuando afirmamos precisamente que no conocemos por ejemplo determinado autor por el cual nos interrogan.

Cuando digo que no conozco en palabras vulgares estoy diciendo, “mira, no puedo decir nada de él”, “no me atrevo a decir nada, a hacer ninguna afirmación, a establecer un juicio, el que fuera sobre esa persona, no lo conozco”.

No conocer a alguien o algo implica tener una certeza y ella es que no está en nuestra posibilidad “describir o establecer juicios desde nosotros acerca de lo que se nos interroga”. Pero a menudo no reconocemos esa distancia entre la descripción que no hacemos y aquello que no describimos, tendemos a unificar en un solo hecho u objeto la no descripción con lo no descripto. Considero que éste es un punto clave en esta interpretación del conocer, pues si no tomo conciencia de esa distancia mi subjetividad, de la cual nunca se puede prescindir, me tenderá la trampa epistemológica por la cual describiré algo en la seguridad que estoy haciéndolo como observador externo distante sin estar siendo yo mismo como sujeto quien hace esa descripción.

“Para tomar un ejemplo más cotidiano, pensemos en el mundo de colores que percibimos todos los días. Sus efectos son tan omnipresentes en nuestra vida que sentimos la tentación de pensar que los colores, tal como los vemos, representan el mundo tal cual es. Damos por sentado que el color es un atributo de la longitud de onda de la luz reflejada por los objetos, que nosotros la captamos y la procesamos como información relevante. En rigor, como indican muchas investigaciones, el color percibido de un objeto es en buena medida independiente de la longitud de onda que recibimos. En cambio, hay un complejo proceso (el cual entendemos solo parcialmente) de comparación cooperativa entre múltiples conjuntos neuronales del cerebro, el cual determina el color de un objeto según el estado cerebral global que corresponde tanto a una imagen de la retina como a cierta expectativa de lo que debería ser dicho objeto …

Así, por ejemplo, si ponemos un papel gris sobre un  trasfondo rojo, el papel (físicamente) gris cobra un color verdusco, aunque desde luego no hay ninguna longitud de onda verde añadida en la región. Este fenómeno se denomina “inducción cromática” y habitualmente se interpreta como una ilusión. Pero esta clase de proceso es el corazón mismo de la visión cromática, pues el color surge cuando un proceso similar se produce en tres clases de células: su actividad relativa específica qué es el color. Los teóricos modernos hablan pues del color no como representación de la longitud de onda, sino de las propiedades reflexivas de una superficie, pues dicha propiedad es independiente de la iluminación pero más característica del objeto …

Lo que se puede decir es que nuestro mundo cromático es viable: es eficaz, dado que hemos perpetuado nuestro linaje biológico. Las operaciones neuronales cooperativas que subyacen a nuestra percepción del color son resultado de la larga evolución biológica de nuestro grupo de primates. Pero oras especies han creado mundos cromáticos diferentes a partir de sus órganos sensoriales. Por ejemplo, parece que muchos pájaros son tetracromáticos (requieren cuatro colores primarios), mientras que nosotros somos tricromáticos (nos bastan tres colores primarios). En el dominio del color ni las aves ni nosotros somos mas o menos “precisos” en lo que concierne a un dominio que presuntamente es el “mismo”, sino que habitamos dos mundos perceptivos de diferentes dimensiones, que por lo tanto no se pueden superponer. Dicho de otro modo: las muy diferentes historias de acoplamiento estructural de aves y primates han hecho emerger un mundo de datos relevantes que para cada cual es inseparable de su modo de vida. Sólo se requiere que cada senda emprendida sea viable, es decir, que sea una serie ininterrumpida de cambios estructurales. Los mecanismo neuronales que subyacen al color no son la solución de un problema (captar las propiedades cromáticas preexistentes de los objetos), sino el surgimiento simultáneo de la percepción cromática en el hombre o el ave y lo que uno luego puede describir como atributos cromáticos del mundo habitado”. (Varela, “Conocer”, Editorial Gedisa).

El mundo es mirado por nosotros y visto por nosotros, pero vemos el mundo y describimos un mundo que pasa por nuestros sentidos, por nuestra posibilidad de ver.

Diría, ¿cuál es el color de nuestra vida?, será seguramente como podamos y queramos verlo, distinto o parecido al que vean los demás pero será siempre “el color de nuestra vida”.

Imagen: sizzlingspirit.com