Pedro León Vivas

Comunidades de aprendizaje: una utopía necesaria

En momentos donde se debate acerca de mejorar la calidad de los aprendizajes en las instituciones educativas, un eje central lo constituye, indudablemente, el nivel de formación y desempeño de los equipos docentes.

Al respecto, cabe mencionar un interesante trabajo de Viviane Robinson (2007)1, quien realizó un meta-análisis de diversos estudios acerca del liderazgo en las instituciones educativas. Esta autora concluye que el involucramiento de los líderes escolares en la formación de los docentes es la dimensión de la gestión que mayor influencia tiene en los resultados de los estudiantes. Por lo tanto, el desafío de los líderes escolares comprometidos con la mejora de los resultados en su institución queda planteado claramente: transformarse en líderes del aprendizaje de su equipo docente, siendo partícipes activos del mismo y diseñando las condiciones organizativas apropiadas para que esto ocurra.

Ahora bien, ¿de qué tipo de formación hablamos?, ¿qué capacitación tiene mayores posibilidades de influir en la calidad de la enseñanza? Para comenzar a dar respuesta estos interrogantes, vamos a afirmar que la formación de los educadores en el marco de su contexto de trabajo tiene el potencial de mejorar sustancialmente la docencia en las instituciones educativas. Por ello, acordamos con Elmore (2008)2 cuando señala que “el efecto del desarrollo profesional en la práctica y el desempeño es inverso a su distancia de las aulas” (p. 63).

La institución educativa como comunidad de aprendizaje

Como hemos señalado, los procesos formativos que tienen mayor impacto en la calidad de la docencia, son aquellos que se realizan en el marco de espacios y tiempos institucionales dedicados a reflexionar crítica y colegiadamente sobre la práctica, donde se comparten experiencias y se pueda “dialogar”. No es desde la fragmentación cognitiva y operativa como se mejoran los resultados en las instituciones educativas, sino desarrollando las prácticas, las condiciones y los incentivos apropiados para procurar un aprendizaje de los equipos docentes. Aprendizajes que no sean un episodio aislado sino una parte constitutiva del ciclo vital de su actuación. Si esto ocurre, dichos equipos se conformarán como comunidades de aprendizaje, en las cuales los docentes comparten un proyecto que es sentido y vivenciado como una empresa común, del cual se sienten responsables y han establecido una densa red de colaboración con la mira puesta en la mejora. De esta manera, creemos que la calidad educativa no puede ser impuesta desde fuera, debe provenir desde la propia institución y a partir del involucramiento de sus protagonistas.

Para los líderes escolares, impulsar el aprendizaje en equipo implica, entre otras, las siguientes prácticas:

  • Desarrollar una visión compartida
  • Reflexionar sobre la práctica
  • Trabajar colaborativamente
  • Experimentar con innovaciones
  • Proporcionar retroalimentación de los resultados

Cabe destacar que una comunidad de aprendizaje implica que sus integrantes se constituyan como una comunidad de aprendices. No hay aprendizaje en equipo sin aprendizaje individual. Por lo tanto, la labor docente debe ser abordada desde la comprensión de su imperfección y de la necesidad de su mejora continua.

Las condiciones necesarias

Desarrollar un equipo que aprende implica abordar sistémicamente las condiciones adecuadas para encarar los procesos mencionados anteriormente. Dos factores resultan críticos: la estructura y la cultura organizacional. Estos pueden convertirse en facilitadores y en un puente para la mejora, o bien transformarse en una barrera que inhiba y obstaculice el aprendizaje. La estructura debe posibilitar los tiempos, los espacios y los incentivos apropiados. La cultura institucional debe ver en la colaboración un valor central y un principio organizador de la práctica. De no ser así, resulta poco factible pensar en un equipo docente que se articule como una verdadera comunidad de aprendizaje.

Una reflexión final

Desarrollar comunidades de aprendizaje, docentes aprendices y moldear culturas colaborativas, se presenta a priori como un proceso lento, no falto de obstáculos, con avances, retrocesos y sin un resultado claro a la vista, pero es un camino que debe ser emprendido con determinación y en toda su complejidad por los líderes escolares. La alternativa es condenar a las instituciones educativas a repetir irreflexivamente sus prácticas y quedar desfasadas frente a un mundo que se desplaza a un ritmo de aceleración cada vez mayor.

 

Referencias

1 Robinson, V. (2007). School leadership and student outcomes: identifying what works and why. Winmalee, New South Wales, Australia: Australian Council for Educational Leaders.

2 Elmore, R. F. (2008). Leadership as the practice of improvement. En B. Pont, D. Nusche, y H. Moorman, (Editores), Improving School Leadership Volume 2: Case Studies on System Leadership (pp. 37-65). París: OCDE.

 

 

Encontrá este artículo en la edición N°17 de Aptus Propuestas Educativas: www.aptus.com.ar/revista


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